Tragicomedia del day a day

Pongámonos en situación:

Vas andando por la calle, tras una semana de lluvia el sol brilla en lo alto de un cielo azul absolutamente despejado. Es por la mañana, pero no pronto, con lo que estás bien despierto, feliz, observando el buen humor de la gente que se tumba en las florecidas praderas verdes en manga corta… casi flotas en vez de andar, y de repente, a lo lejos divisas una chiquilla con un chaleco rojo…

Vas rodeado de un montón de gente, no tiene porqué pararte justo a tí… “Pues no habrá gente en la calle ni na” piensas.

A medida que te vas acercando, vas viendo como se acerca a la gente y ésta, sin mirarla, incluso con gestos de desagrado, ignoran su presencia como si fuera poco menos que una hormiga…

Piensas: “joe… ojalá fuera ese chico agradable que la escucha con una sonrisa en la cara, la dice que le interesa más ella que lo que le está contando, y mantiene una conversación humana normal y corriente con otra persona que las está pasando putas y le alegrara el día…”

Que putada que me apetezca una puta mierda pararme a hablar con nadie, se está demasiado a gusto andando y pensando en mis vainas.

Mientras mi cabeza le da vueltas a estas cosas me voy acercando a ella, e inevitablemente, la miro mientras pienso… con lo que no tardamos en cruzar nuestras miradas.

En seguida me doy cuenta del peligro que corro, ha fijado un objetivo, en cuanto me mostré ligeramente vulnerable vio una presa débil, fácil. Con terror observé como ignoraba a todos los que pasaban a su lado… faltó que una persona se parara a preguntarla por lo que hacía y ella le diera una bofetada sin desviar la vista de mí para mayor dramatismo.

Me esperaba pacientemente, con su carpetilla llena de papeles en el pecho, cruzando los brazos, con una sonrisa malevola de satisfacción… era una araña y yo había caído en sus redes, tejidas con falsa lástima y compasión.

Pronto, mi cerebro se puso a mil por hora buscando formas de esquivar mi terrible destino… miré a los lados, una carretera de 4 carriles, dos en cada sentido, a mi derecha, una enorme pared a mi izquierda… ¡ya podría ser yo la araña cojones! Volví a mirar la carretera tenía un tráfico intenso en aquel momento…

Me paré en seco a fingir que me ataba los cordones para ganar algo de tiempo.

Ante una imagen tan absurda pronto empecé a darme cuenta de las extrañas miradas que me echaban los viandantes… con lo que aparte de sentirme estúpido apenas gané tiempo de pensar en la desgraciada situación que se avecinaba.

Me levanté torpemente y continué andando muy despacio, evitando su profunda mirada… pero sabiendoo que no me perdía la pista.

El orgullo me impedía darme la vuelta, ¿quién era ella para decirme por dónde andar? ¡NO! Este es mi camino, me apetece andar por aqui.

Pero que pereza de situacion, ¡si yo solo quería dar un pasei apaciblemente! Maldije mi suerte y continué andando…

Volví a mirar a la carretera… ¿¡esque no hay un puto semáforo en esta ciudad!? Estaba a escasos metros de ella, y ella había comenzado a acercarse a mi… ya distinguía el logo, ¡una ONG! Justo lo que necesitaba… un componente de coacción moral para facilitarme la tarea de la disuasión.

Mil opciones se me presentaban: empezar a correr y esquivarla como en un polis y cacos, hacerme el extranjero árabe que no entiende ningún idioma (pero ni papa de árabe, me quedaría vendido a la primera de cambio), fingir un infarto (pero se descubriría el pastel enseguida)… al final opté por lo única opción que me quedaba.

Como en un abrir y cerrar de ojos giré 90° a mi derecha y me lancé de cabeza a la carretera afrontando con dignidad y valentía mi muerte, atropellado, aplastado contra el asfalto.

¿Hubiera estado guapo que no? En mi imaginación era una salida de 10, directo al estrellato de imbéciles que consiguieron evitar su destino, un final tan dulce comparado con el amargor que me inundaba todo mi ser cuando oí su: “¡Buenos días! ¿Tienes un minutito? Trabajo para…”

Me empezaron a pitar los oídos… hasta el maravilloso día del que disfrutaba se había tornado gris. Con los puños apretados, lleno de una cólera incontrolabe la grité: “¡A la mierda!”

¿Que tambien hubiera sido lo suyo no? Hubiera estado guapo, pero no…

Me quedé sonriendo (con cara de gilipollas) y escuchando (atentamente además) los 12 minutos (3 horas en cuando a sensación temporal) que me tuvo allí contándome desgracias. Y gilipollas hasta la médula de mi, cuando parecía que el suplicio tocaba a su fin, ¡cojo y le hago una pregunta! ¡Toocate los huevos! Osea, 15 minutos más (que suman un total de 7 horas y media percibidas) que me tiré ahí siendo devorado por esta astuta araña, que aguarda pacientemente a que los mosquitos mas imbéciles de la naturaleza caigan en sus redes.

Yo, una historia de una víctima más de la selección natural.

Klaek Wiggin

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